Los ataques terroristas que se llevaron a cabo el pasado domingo y lunes de Pascua en Sri Lanka, país soberano ubicado al sur de Asia, son las rebabas de una guerra religiosa ubicada siempre en el pasado, presente y futuro de la historia de la humanidad, arropadas por la desavenencia de culturas.

Ha sido el Estado Islámico quien se ha adjudico dichos lamentables hechos, donde dos bombas de estilo kamikaze estallaron; una el domingo en el templo católico de San Antonio de Colombo y la otra el lunes cerca de la misma ubicación.

El resultado: 321 muertos hasta el momento, de ellos 45 niños y adolescentes, un menor de 18 meses y 39 extranjeros. Razón por la cual el país se declaró en estado de emergencia con la finalidad de agilizar la seguridad y las acciones pertinentes para, de alguna forma, llegar a la resiliencia. Sin embargo, toda la semana en turno se ha convertido en un luto nacional, donde la luz de las velas, el silencio pesado en las tardes y la música de sustitución al contenido mediático, son las cofradías del dolor colectivo.

Según el Ministro de Defensa de Sri Lanka, Ruwan Wijewardene, los hechos se trataron de un acto en represalia a la agresión del 15 de marzo, mismo que dejó 50 muertos en dos mezquitas.