En el revuelo de la 4ta transformación ha surgido más que un proyecto una figura polémica, tal vez la más polémica de los inicios de la administración que encabeza AMLO (aún más que el huachicoleo, el Tren Maya o las constantes consultas), nos referimos a la Guardia Nacional, la cual pretende instaurar el orden y la seguridad de la ciudadanía a través del rigor militar.

Tal cual, México, tianguis de corrupción y supermercado de los buenos valores, vive hoy, en incubadora, uno de los hitos más relevantes en materia de seguridad, pero también moral. La propuesta, casi hecho, de la Guardia Nacional, ha generado la hiper reflexión por parte de instituciones, servidores – figuras públicas y seguramente de las familias a la hora de la comida.

El choque de opiniones nace en las verdaderas intenciones, ya que la Guardia Nacional se diseña para atacar con mayor fervor la delincuencia, para evitar la corrupción a nivel seguridad, para homologar estándares operativos y combatir la inseguridad desde la “mejor” preparación que existe en México: ejército mexicano, marina y Policía Federal.

Sin embargo son muchos los que detectan la militarización en las calles, el rigor del golpe en cada knock knock de las puertas mexicanas y la severidad en cada revisión “de rutina”. No obstante a lo benevolente que pueda resultar esto para la mejora de la convivencia social, es obligatorio sospechar de la insistencia de mando que pretende tener el ejército sobre la nueva policía, más aún, podríamos debatir políticamente la corrección a artículos constitucionales que están por ser modificados con tal de entregar este bastón de mando a la SEDENA, lo cual pone los pelos de punta el pensar que el poder Ejecutivo, es decir el Presidente, tendría pleno mando en los agentes policiacos.

En reflexión, pensar que la Guardia Nacional es un reflejo de la necesidad social actual es una indiscutible realidad, pero también es un ejercicio cívico opinar al respecto de la insistencia militar por tener el control de mando.