Vivimos en un país que ejerce el racismo y pareciera que de eso no puede escapar. Los mexicanos a veces nos sorprendemos de estas acusaciones y nos defendemos con: “nosotros no somos racistas, somos clasistas”, siendo nosotros gente de piel morena que en ocasiones llega a discriminar a personas de la misma tez.

Racismo. Una incapacidad que se nos han inducido los medios publicitarios, en donde la “elite blanca” es el protagonista de espectaculares, medios y promocionales dando una idea errónea de nuestra cultura y mestizaje.

Incluso, dentro de la historia mexicana sobresalen hechos marcados por el racismo, como lo fue el “Levantamiento Zapatista” de 1994, en donde el pueblo indígena lo padeció mientras ondeó como estandarte “Nunca más un México sin nosotros”, el lema que permeó en el pueblo mexicano durante esta época y resiste hasta la fecha.

Ahora, ¿México, es un país de “puertas abiertas”? Si recorremos la historia, la nación si bien ha recibido a argentinos, chilenos y uruguayos que buscaban exilio en tiempos de la dictadura, más NO permitió la entrada a rusos y polacos en 1919, ni a los chinos en 1921, africanos, árabes y gitanos, así como en 1934 a judíos… ahora, ¿qué pasó con los caravana migrante de Honduras en pleno 2018? Muchos mexicanos la despreciaron.

A la fecha, la nación no ha sido responsable de aceptar que justificamos el racismo por una cuestión de herencia genética: “el color de piel define a los pobres y ellos no están jodidos por la historia, sino por la biología”. Definitivamente, una problemática que debe abordarse más allá de señalar las características físicas de una persona.