Cada 21 de marzo miles de personas se dan cita en el sitio arqueológico de Chichén Itzá para observar el descenso de Kukulcán, cuya existencia se ha puesto en duda.

En 2017 los arqueólogos Ivan Šprajc y Pedro Francisco Sánchez Nava propusieron esta teoría, al asegurar que la “serpiente” no baja, ni sube.

Es decir, que es un fenómeno fortuito de luz y sombra que jamás fue planeado por los antiguos mayas para conmemorar los equinoccios.

Ante tal idea, el investigador del INAH, Orlando Josué Casares, decidió comprobar las afirmaciones, encontrando importantes pistas.

“La razón de peso es que la formación de triángulos [en El Castillo] empieza mucho antes y mucho después, y no se forman sólo siete, sino diferentes números (…) pero es muy difícil que sea un producto de la casualidad”, dijo.

Por lo que el arqueólogo viajó durante cuatro años al sitio, con el fin de documentar los cambios en la proyección de las sombras.

Los resultados fueron publicados recientemente y abren un importante número de preguntas que podrían ser resueltas en un futuro.

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Midiendo las sombras de Kukulcán

Los dibujos y fotos que han sido realizadas desde su descubrimiento en 1875, constatan que el fenómeno no se produjo durante las restauraciones.

Incluso, las imágenes arrojaron una importante pista, la forma de Kukulcán no siempre es la misma y se puede apreciar en diferentes épocas del año.

El investigador explicó que se empezó a asociar el descenso con un fenómeno arqueo astronómico a partir de la primera foto tomada, en 1972.

Por lo que los expertos buscaron asociarlo con un hecho astronómico, debido a que los mayas tenían amplio conocimiento en el campo.

La idea se fue repitiendo, y repitiendo, sobre todo con fines turísticos y se ancló en el conocimiento popular.

En un comparativo hecho con fotografías, se verificó que los triángulos que forman la figura aumentan y disminuyen con respecto al tiempo.

“Lo que se buscó fue determinar cuándo inicia y cuándo termina la iluminación, porque pensaba que a principios de marzo se comenzaba a formar, pero los custodios y las personas me dijeron que no, que era antes”, dijo.

Un ciclo orientado a la agricultura

En realidad, las primeras dos sombras se crean entre el 12 y 13 de febrero y de ahí se van sumando hasta llegar al 15 de marzo, cuando se aprecia la figura sin ser equinoccio.

Los primeros arqueólogos tenían razón, el fenómeno no es equinoccial, pero sí es un evento astronómico.

De acuerdo con Cáceres, es hasta el 9 de abril que se observan nueve triángulos, mismo número de basamentos que componen a la pirámide.

“De ahí, la sombra se va recorriendo y haciéndose más ancha hasta llegado el 20 de junio, cuando ocurre el primer paso del sol por el cénit y se conservará así hasta el 26 de julio, cuando es el segundo paso”, dijo.

El número de días que se ilumina y que permanece en penumbra la pirámide, coincide con los calendarios agrícolas registrados desde la Colonia.

Por lo que la propuesta es que marca, no el equinoccio, sino los tiempos de cosecha.

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