Si eres de las personas que a las que les gusta ir a los delfinarios y que se han montado en un delfín como parte de uno de los espectáculos o simplemente porque pagaste por la “experiencia”, seguramente no te has detenido ni una sola vez a pensar en todo lo que conlleva o lo que hay detrás de los entrenamientos que los ejemplares reciben.

Pues bien, en la vida de los delfines que por desgracia han caído en este tipo de lugares está lleno de estrés, hambre, enfermedades y maltrato.

Una ley que no sirve para nada

La ley federal que vela por el manejo de los defines es deficiente y urge crear leyes locales que garanticen el mejor de los tratos.

Yolanda Alanís, médica cirujana, maestra en antropología social y consultora de la organización Conservación de Mamíferos Marinos de México, comenta que los legisladores deben atender y prestar atención en la materia “ojalá (que los legisladores) tuvieran a bien revisar el abuso y la crueldad tanto para animales como para humanos que significan estos lugares”.

Alanís, quien investiga desde 1997 los delfinarios, afirma que los delfinarios son lugares que por mucho tiempo se han estado permitiendo por la cantidad de ingresos que generan, no obstante, las autoridades se niegan a ver el abuso que todos los días se genera contra los cetáceos.

El inicio de los delfinarios en México

La Ciudad de México fue la pionera en la industria en 1970. Para que esto fuera posible, se autorizó la captura de delfines en el Golfo de México, para posteriormente ser trasladados a la capital sin los cuidados necesarios.

Esa era la forma en la que los delfinarios se hacían de los ejemplares que exhibían en sus instalaciones.

Prohibición

En 2002, se prohibió la captura de delfines en el territorio, por lo tanto, se comenzaron a importar delfines ¡sí, importar delfines!

“La industria buscó cómo tenerlos y los trajo de otros países; el tráfico de delfines más grande que ha habido en la historia fue de 2003, cuando trajeron a Cancún 28 ejemplares de islas Solomon, sin cuarentena y en un transporte brutal de más de 30 horas”, expresó la investigadora.

Quintana Roo y sus delfinarios

En el país existen 41 Unidades de Manejo Animal (UMAs) o delfinarios, de los cuales 19 están en una de las zonas de mayor afluencia turística: Quintana Roo.

De acuerdo con Mariel Tejeda Bravo, representante de Empty the Tanks en México, desmintió que la mayoría de los ejemplares en los delfinarios se lograron reproducir en cautiverio.

“Muchos delfines en Quintana Roo fueron capturados en la Laguna de Términos, en Campeche, cientos de hembras preñadas a las que separaron de su familia brutalmente, les cortan los lazos familiares, los llevan en un transporte traumático, primero en lancha y luego vía terrestre en tráiler, donde muchos de los animales mueren por el estrés. Los que alcanzan a sobrevivir llegan al tanque y los ponen en cuarentena, aislados y sin alimentos esperando a que sigan sus instrucciones” comentó.

El maltrato día a día

Los animales no sólo están en cautiverio, sino también están sometidos a largas jornadas de trabajo. La apariencia de los delfines es de seres juguetones, como si para ellos cargar a personas fuera algo que disfrutan o que los haga feliz, esa concepción está lejos de ser una realidad.

Son alejados de su hábitat natural, pasan horas sin comer porque cada una de las actividades que realizan están condicionadas; todo lo que hacen es con el único propósito de conseguir un poco de comida.

Muchos de los mamíferos tienen úlceras gástricas por la medicación a la que son sometidos, debido a que contraen herpes, hongos y muchas enfermedades más, algo que en su hábitat natural nunca llegan a presentar.

Aunado a todo esto, las albercas no son ni la cuarta parte del espacio en el que los delfines en estado salvaje nadan diariamente. “Un delfín libre viaja hasta 200 kilómetros al día y se sumerge 300 metros, y no hay ningún delfinario que le dé la mínima parte de las necesidades de espacio que requieren”, informa Alanís.

Los delfines son animales que están relacionados por sus lazos familiares, cosa que no sucede en los delfinarios; las crías son separadas de sus madres para explotarlas y haciendo imposible que puedan desarrollar el sistema de comunicación único que caracteriza a estos mamíferos.

Además, independientemente del lugar de donde vengan ponen a todos los ejemplares juntos, algo que no es bueno, ya que pierden la capacidad de comunicarse y se dan agresiones entre machos que terminan en la muerte.

Tejeda Bravo comenta que han llegado a recibir fotografías anónimas e incluso de los propios entrenadores “…que son casos que los delfinarios no reportan a la Secretaría de Recursos Naturales (Semarnat), como delfines con la nariz destrozada o con llagas en la piel por la exposición en las albercas de los hoteles, al sol”.

Reproducción en cautiverio

En 2006 se prohibieron las importaciones de mamíferos marinos, lo que suscitó que los delfinarios comenzaran a reproducirlos en cautiverio, sin embargo, muchas de las crías morían al nacer y llegaron a la conclusión de que lo mejor sería reproducirlos artificialmente.

“Lo que hacen es reproducción artificial de los delfines, le extraen semen al macho, lo cual es una violación, y se lo colocan a una hembra a la que previamente le dieron medicinas para controlar la ovulación. Todo el procedimiento es antinatural” comenta Yolanda Alanís.

De esta forma se pasó de tener 10 delfines nacidos en cautiverio a entre 50 y 60 actualmente, incluso algunos delfinarios han reportado tener delfines de segunda generación.

Una posible solución

La representante de Empty the Tanks asegura que es necesario regresar a los delfines a su hábitat natural, que es posible rehabilitarlos para volver al lugar de donde nunca debieron ser sacados.

“Deben crearse santuarios; el proceso no es fácil pero tampoco imposible. Así como les quitaron su capacidad de cazar por sí solos tienen que enseñarles de nuevo a pescar y a utilizar su sonar”, señala y asegura que es algo que ya ha sigo implementado en Indonesia y en Canadá.

Afirma que es un proceso largo, probablemente dure uno o dos años por ejemplar, pero que es la única forma de poder ayudarlos a recuperar el instinto de caza que han perdido, debido a que como recompensa por cada truco se les otorga pescado muerto, ya sea congelado o descongelado.

Las instituciones como la Semarnat y Profepa hacen que el camino se vea demasiado largo; en dos años sólo se ha atendido una demanda de 22 presentadas y la ley de bienestar animal deja fuera a los delfinarios.

Estos lugares se aprovechan de la ingenuidad de las personas, que por el hecho de creer que el rostro de felicidad que proyectan los delfines e, cuando su vida diaria se limita a vivir en una alberca de pocos metros.

Los 229 delfines registrados en cautiverio en México no son feliz cargándote, ni haciendo acrobacias que van en contra de su naturaleza

 

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