México es un país sísmicamente activo y es muy común que se presenten estos fenómenos, tan solo el año pasado el Servicio Sísmico Nacional (SSN) registró 15 mil 400 sismos de escalas menores.

El país está ubicado en una zona de “alta sismicidad”, en donde interactúan cinco placas tectónicas: la de Norteamérica, la de Cocos, la del Pacífico, la de Rivera y la placa del Caribe.

Víctor Espíndola, jefe de analista del SSN, explica que cada placa tectónica se mueve por la tierra de manera “caprichosa” y cuando dos de las placas se encuentran, liberan una gran cantidad de esfuerzo que deforma la corteza terrestre, algo que solo puede verse con instrumentos de medición.

“Cuando ese material ya no aguanta acumular tanta energía, se rompe”, argumenta Espíndola. “Así como una regla de plástico cuando se dobla: se rompe”.

Aunque el terremoto del pasado martes fue de mayor magnitud que el del 19 de septiembre de 2017, sus efectos en la capital y en otros lugares donde se presenció, fueron considerablemente menores que entonces.

De acuerdo con la directora del SSN, depende mucho de la distancia donde se encuentra el epicentro del temblor: mientras más cercano mayor será la destrucción.

“Por ejemplo, el sismo del 7 de septiembre de 2017 fue de magnitud 8,2, la intensidad en la zona epicentral fue mucho más alta. Pero la intensidad que percibimos en la Ciudad de México fue mucho menor que el de hoy porque nos encontramos mucho más lejos”, argumentó.

Cabe mencionar que los grandes sismos de 2017 ocurrieron en la Placa de Cocos, en dos fallas diferentes, una en el centro de México y la otra en el golfo de Tehuantepec.