Todas, pero todas las administraciones públicas tienen desaciertos al igual que imaginarios conspiratorios, pero son pocas las que unen fuertemente el error con el supuesto.

Enrique Peña Nieto nos ha dejado un sabor añejo a PRI, mezclado con un sabor artificial, algo indescriptible, pero que sabemos lo entenderemos después de unos años. Tal vez se trate de las mentiras descaradas, de los casos sin resolver que se acompañan de una mano que se despide. Tal vez, es un sabor revuelto, a tierra y mochilas, a sangre joven diluida en miedo político. Tal vez sea el mareo que se respira en Ayotzinapa desde el 27 de septiembre de 2014.

Ha sido la Comisión Nacional de los Derechos Humanos (CNDH) la que precisamente ha emitido una serie de recomendaciones a Peña Nieto, esto con el fin de asentar las evidencias recolectadas hasta ahora por la misma dependencia. Entre las pruebas, flotan datos: 6 personas fallecidas, 42 lesionados, 19 personas calcinadas, 129 personas investigadas, 43 estudiantes desaparecidos y 0 responsables.

México continúa su vida, un nuevo presidente ha llegado al poder, con una promesa (no tan firme como otras que ha hecho) de encontrar a los involucrados. El anterior presidente levanta el brazo, lo mueve de un lado a otro, se toca el pecho, se inclina en señal de agradecimiento y no sabemos cuántas verdades merodean su cabeza mientras todo esto sucede.